lunes, 6 de julio de 2020

Atar mi voz

Nadie puede atar mi voz,
nadie puede machacar mi semilla,
dorar la piel de mi mensaje
ni cribar las trazas de sinceridad
            en este vómito sin mácula.

No me pueden amarrar al puerto.

Me basta con la rebeldía irracional,
            con interrogaciones arrojadizas
para reventar centrales nucleares
y curvar autopistas ardiendo
con las yemas de los huevos.

Tengo suficientes incentivos
con el reflejo cromado
            al fondo de unos ojos tristes
para mellar a dentelladas
las aristas de la metodología popular.

Puedo poner en duda el sol
y sofocar la pasión más densa
porque me he liberado del azar
y cabalgo a mi animal a pelo
            al filo de una luna tierna.

No tiran de mi carro mariposas.

Floto en esta espuma de certeza,
roto por superar el aforo de llantos
            acumulados en la nuca,
latigazos de cordura contenida
que dejo morir dentro de mi boca.

Yo no puedo permitirme la censura
y me supero amordazando la razón,
secuestrando un autobús de moralinas,
revisando el pasaporte a los dolores
para depurar el concepto final de ideologías.

No me puedo permitir impedimentos.

Nadie puede atar mi voz
sin acabar antes conmigo,
así como no puedo yo mismo
            dejarme brotar salvajemente
sin acabar antes conmigo.

No me puedo superar
            si creo haber vencido,
nadie puede separarme con muros
porque tengo de las crines al monstruo
            que diseñó mis laberintos
y que por la tarde me merendará.

No me pueden arrimar al huerto.

Soy tan escéptico que me enmudezco,
abro la boca y sale en pompas jabón
una revolución mesurada
y una flor partida en gotas rojas
            como lágrimas sublimes
divididas en el filo de una luna tirana
para este lienzo aséptico y ligero.